Muchas personas cuando tienen salud la desperdician, reniegan de la vida y descuidan su propia vida y apariencia. Siempre he pensado eso y en mi oportunidad lo pude ver.
Estaba sentado en un banquito esperando mi autobús y pensando en el pasado.
—¡Vaya, fue un buen pasado!, lleno de alegrías, tristezas, engaños y desengaños, pero así es la vida, una cajita de sorpresas.
Sentí que se acercaba alguien. Escuché la voz dulce y melodiosa de una niña.
—Buenos días señor, por aquí pasa el autobús que pasa por Tiarita —preguntó.
—Sí hija, pero ya se fue y pasa en dos horas, ese pueblo es muy lejano y sólo un autobús va y viene —le dije.
Escuché que la muchacha resopló como si estuviera enojada, pero en segundos cambio la actitud.
—Aún me da tiempo, apenas son las nueve de la mañana —dijo de manera dulce—. ¿Y usted espera el mismo autobús? —preguntó de nuevo.
—Yo espero un autobús hija, pero no ese —le dije de manera dulce y a la vez con mucha nostalgia. Cambié el tema de forma inmediata. ¿Sabías que Tiarita es un pueblo muy bonito?, allí se crió una señor llamado David —dije.
—Si es el David que yo conozco era mi bisabuelo —Dijo la niña.
—¿Era? —pregunté muy extrañado, como si el tiempo para mí jamás hubiera pasado.
—¡Sí!, murió hace años, me contó mi mamá, yo quiero ver donde vivió —Dijo la niña con voz triste y melancólica.
—David es una leyenda allí, según cuentan era un hombre que tenía muchas tierras y las fue regalando solamente quedando con un poquito y allí hizo una pequeña casa. Él tenía una mujer llamada Eloisa —le dije a la niña—, le gustaba sembrar y pasar sus ratos libres cuidando de sus plantas. Era muy buena persona.
—Sí, Eloisa es mi bisabuela, ella está viejita, aunque todo el tiempo reniega y maldice a la vida —replicó muy triste la muchachita.
—¿Y por qué? —pregunté exaltado.
—Siempre ha sido así, cuentan mis tías, mi abuela y mi mamá. Antes cuando estaba mejor de salud, se la pasaba sucia, teniendo ropas limpias y no quería bañarse, pedía comida de casa en casa habiendo comida en la nuestra. Mi mamá cuenta que muchos vecinos la regañaban a ella ya que supuestamente no cuidaban de la abuela —comentó muy sorprendida.
—Pensaban que era así por su enfermedad y la edad, pero ahora en su condición es más aseada, creo que lo hacía a propósito. Pero todo el tiempo reniega de la vida.
—David odiaba eso ¿lo sabías?, yo lo conocí, siempre fue un hombre limpio de alma y cuerpo, gran hermano y amigo —dije en tono indignado—. ¿Por qué habrá gente egoísta en este mundo, ella no es ciega, ni muda?
—Está en silla de ruedas, ella me cuidaba cuando yo era pequeña y aún así siempre he oído que maldice a la vida —dijo la niña de manera triste.
En ese momento sentí una brisilla que corría por mi rostro y el olor a flores disipó mi rabia, y pregunté. —¿Ella puede ver el ojal de una aguja?
—Sí —respondió la niña.
—¿Puede ver y tocar sus comidas? ¿Tiene una cama caliente donde dormir? —volví a preguntar.
—Sí —respondió la niña—. Siempre lo ha tenido todo. Lo único es que está en silla de ruedas.
—Hija, hay gente que no tiene nada que comer, hasta pasan siete días seguidos sin probar nada, no tienen medicina para su enfermedad. Sin embargo la vida es lo más bello que existe ya que respiran. Duermen donde les agarre la noche; las estrellas y el cielo son su techo y su cobijo. Y le dan gracias a Dios que por lo menos hay un rincón para ellos y así puedan dormir —dije en voz alta como para que todo el mundo escuchara—. Ayer alguien salió de un hospital ya que la semana pasada lo llevaron de emergencia, y le dijeron que tenía cáncer en el cerebro, en su bolsillo sólo hay unas pastillitas para calmar el dolor —dije—. David decía que así uno se sintiera mal y miserable, tiene que agradecer por la vida y decir que todo anda bien.
—¿Y esa persona dónde está? —preguntó de manera curiosa la muchacha.
—¡Está en el mundo hija, y está como una uva, hija, como una uva! — repetí una y otra vez.
—¿A dónde va usted señor si sólo pasa un autobús por aquí? —volvió a preguntar la niña.
—Dos autobuses pasar por aquí, hija, el de Tiarita y el del destino —Le respondí.
En ese momento se escucha el motor de un autobús y la niña me dijo.
—Ya llegó mi autobús señor, fue un gusto hablar con usted.
Y me dio un beso en la frente.
—Igual hija yo seguiré esperando, le mandaré saludos a tu bisabuelo de tu parte —Dije en voz bajita—. ¡Adiós! Lástima que no pude ver el rostro de esa niña, seguro tendrá algo parecido a David, lástima que estoy ciego, enfermo por el cáncer y casi muerto, menos mal no lo notó, pero en estos minutos que me quedan de vida, insisto que la vida es lo más hermoso de este mundo.